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Noche de otoño


Era esta la noche más fría y triste que había vivido en mis 19 años de vida y no era exactamente porque numerosos relámpagos alumbraban mi habitación o porque el ruido de aquel viento anunciante de una gran tormenta llamaba a mi ventana; era por que la soledad y la nostalgia se apoderaban justo en esta noche de mí al recordar que en una noche tan fría y al parecer no tan triste como esta, yo sin imaginarlo estaba perdiendo a la persona que más había querido.
 Hoy, después de dos años de su partida, recordaba como si hubiera sido exactamente ayer todo lo que vivimos, lo mucho que lo quise (o aún lo quiero) e infaltablemente el día en que nos conocimos, fue un poco extraño pues nunca imaginé encontrar en el mundo una persona que me llamara tanto la atención como él. Aunque parecía ser un poco arrogante, su belleza en ese momento todo lo negativo que pude observar. Era él el hombre más interesante  opacó y hechizante  que había conocido en mi vida, porque fue exactamente como me sentí, hechizada por su mirada, que aún después de tanto tiempo continúo sin comprender que tipo de brujería o encanto tenía.
 Después de algunos días de hablar, salir, pasar tiempo juntos, decidimos tener una relación. Fue tan mágica como siempre la había imaginado, llena de momentos para nunca olvidar, sentíamos  cómo el sufrimiento y todo los problemas desaparecían al estar juntos. Nuestro amor era justo lo que necesitábamos para estar bien, las desilusiones, tristezas que dejaba el pasado se iban desvaneciendo a medida que el amor que sentíamos se fortalecía. Lo que no sabía yo todavía era que aunque creía que todo estaba a favor de nosotros, no lo era así, el tiempo estaba en contra y haría estragos en nuestra, o mejor, en mi vida, mi estabilidad, mi felicidad y mi amor.
 Un día, que parecía tan normal como los otros, Pablo, nombre de aquel, me llamó al medio día a invitarme a pasar la tarde con él y yo encantada acepté. La tarde era resplandeciente como lo habían sido todas las de esta primavera y como lo habíamos planeado, fuimos a jugar con las palomas y a observar como el cielo azul que nos acompañaba, se reflejaba en el lago del parque Central. Me sentía plena, querida, feliz,  sentía como el tiempo se detenía con cada uno de sus beso y sus acogedores e interminables abrazos.
 Al caer la tarde, juntos desde esa terraza que tanto nos gustaba, veíamos como las palomas del parque abandonaban el atrio de la iglesia de San Benito y como las nubes grises tomaban lugar en el cielo azul de aquella primavera anunciando la llegada del otoño.
Empezaron a caer las primeras gotas y nosotros de inmediato salimos camino a mi casa, con una velocidad proporcional a la cantidad de goteras que caían en ese momento.
La lluvia era muy fuerte y casi ni nos permitía ver por donde íbamos, los carros nos mojaban al pasar y la tempestad parecía no cesar. Pero todo era tan perfecto a su lado, me sentía tranquila, la lluvia que tanto me molestaba, parecía no importar y según lo que podía observar él se sentía igual.
 La lluvia no paraba, en las calles parecíamos las dos únicas personas existentes, solo alcanzábamos a ver como las personas cerraban apurados sus tiendas y negocios pues ya el agua estaba alcanzando niveles impensables. El viento soplaba con tanta fuerza que sentíamos como si estuviéramos luchando contra un gigante para dar uno a uno de nuestros pasos. Era casi imposible continuar caminando y aun faltaba un poco para llegar a casa entonces decidimos escamparnos en las afueras de un café, mientras Pablo me miraba sin pronunciar palabra alguna y yo  presentía que algo le estaba sucediendo. La preocupación se apoderaba de él  y lo notaba de inmediato en su mirada, esa que tanto conocía. Le pregunté qué le pasaba pero se negó a responderme.
Continuamos nuestro camino pues parecía que la lluvia estaba cesando, yo ansiosa por saber que era lo que pasaba, caminaba casi por inercia sintiendo recorrer por mi rostro innumerables gotas de lluvia e imaginaba lo bueno o lo malo que estaba sucediendo. Para mi sorpresa, en medio de una calle solitaria, Pablo me abrazó y me dio el beso, digo “el beso” porque no fue como los demás. No sabría como explicarlo, me sentía como la lluvia se hacia protagonista de ese, nuestro momento, las dudas y las ansias desaparecieron de inmediato, el tiempo se hizo nulo y solo podía pensar en cada uno de los momentos juntos que en ese instante pasaban por mi mente. Al terminar me miró y me entregó una carta, condicionándome a leerla únicamente cuando estuviera sola en mi habitación. Yo asentí y continuamos el camino rumbo a casa.
La noche continuaba fría, oscura y la lluvia se empeñaba en acompañarme. Segundos después de nuestra despedida empecé a leer la carta, hubiera preferido no haberla recibido jamás, pues aparte de tener agradecimientos, algunos recuerdos, decía que tenia que abandonarme, debía dejarme atrás pues debía irse a vivir con su familia a París.
Mi llanto no duró en aparecer y se combinaba entonces con la lluvia, esa que veía caer desde mi balcón. Se me hacía imposible pensar cómo iba a hacerme eso, ¿era acaso tan fácil para el dejarme sola?, ¿ por que no me había dicho antes?, ¿acaso no me iba a extrañar?, y así miles de dudas surgieron en mi mente.
 Nunca volví  a saber de él y hoy justo en una noche como aquella, vuelvo a sentirlo cerca de mí, recuerdo aquel beso, esa noche de otoño en la que tantas emociones trajo a mi alma. Recuerdo también lo mucho que lo quise y me pregunto si todavía lo querré como hace dos años, ¿cómo estará?, ¿qué habrá sido de su vida…?
Es justo en esta noche llena de nostalgia, recuerdos y en la cual la lluvia ha sido mi única compañera, en donde entiendo el valor de los momentos, en la cual comprendo que las cosas solo ocurren una vez y por más que lo intentes nunca volveré a sentir un amor tan intenso como el de aquellos días. Es ahora que sé que sigo estando con él aunque esté lejos de mi vida.
 Algún día le enviaré esa carta de respuesta que él me pidió dejándome su dirección en París.


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